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domingo, 24 de junio de 2012

Raining lies...


¿Qué tal si te digo que soy aquella rubia? Alta y esbelta. Por la que todos los chicos babean.
Que soy aquella que destroza al hombre con el corazón más gélido y la fachada más infranqueable. Que te atravieso. Con una bala, la sien; con una daga, el corazón.
Que tengo una personalidad fría y calculadora. Se podría decir que guardo el corazón bajo llave, en un cofre que nunca encontrarás.


[...]

¿Y si te dijera que llegaste a mi personalidad y la cambiaste? Sin avisar. Como aquel que aterriza en una ciudad vecina sin telefonear a la familia. Te hiciste hueco, con paciencia. Poquito a poco entre la maleza crecida. Trastocaste mi mente desordenada, para convertirla en un orden aún más caótico.

Soy sin saber quién soy. Ni lo que quiero. ¡Maldición!, lo tenía tan claro hace un instante…

jueves, 26 de abril de 2012

Paul accedió finalmente a una habitación oscura. Su corazón crepitaba arrítmicamente debido a la excitación y al miedo que sentía. Allí no se veía nada, salvo unos destellos brillantes que provenían del final de la sala. Se acercó titubeante, sin saber bien todavía cual era el foco de aquel extraño resplandor.

De entre las sombras apareció una desconocida. Fue entonces cuando Paul cayó en la cuenta: los destellos no provenían de sus ojos como se podía haber imaginado. Sino que procedían de unos añadidos incorporados a su fina boca.

En esos momentos, el joven sintió la necesidad imperiosa de probar los labios de la chica. Se acercó, la tomó por el cuello dulcemente y le robó un beso. Paul hizo un gesto de desaprobación debido al frío de sus labios. Volvió a probar y de nuevo había una barrera que los separaba. La miró a los ojos y vio que tenía un brillo diferente en la mirada. Una tristeza que él se moría por descubrir. Pero había algo que le cegaba más que el brillo de sus delicados ojos. Debía hacer desaparecer esa barrera. Ni corto ni perezoso le rogó a la desconocida que se quitase los añadidos metálicos. Ella, decidida, no tardó ni un minuto en hacerlos desaparecer. Y acto seguido se fundieron en un cálido beso que iluminó toda la sala.





Lástima que solo fue un sueño...

lunes, 23 de abril de 2012

En el reino de Nunca Jamás.



Fuera, en el exterior, caía una lluvia torrencial. De éstas que calan hasta los huesos. No habían visto llover de esta manera en el reino durante años. Es por eso que Lana había pasado toda la tarde encerrada en el interior del castillo. Después de varios minutos sentada en una silla de palacio (¿o quizás habían transcurrido horas?), llegó a algo en claro.

Agobiada. Desanimada. Sin fuerzas. Así es como se sentía.

Llevaba ya mucho tiempo tirando del rey. En aquel reino alejado de la gran ciudad todo era un caos. A la más mínima, todo se derrumbaba. Es como si pasase un ciclón, cada cierto tiempo, que el rey permitía que se lo llevase todo por delante.

Lana ponía de su parte para que las cosas volvieran a su cauce. Pero no era una superheroína. Ni lo era, ni pretendía serlo.
Quería disfrutar de su vida. Y aunque había trabajado de la mano del rey durante mucho tiempo, no podía vivir por y para él.

Se sentía un poco desanimada, porque habiendo visto el rey como trabajaba durante todos estos años, aún le cuestionaba ciertos asuntos. O no la creía directamente. A la más mínima, cambiaba de parecer.
¿Sería a causa del ciclón que rondaba la ciudad a menudo? Lana no lo sabía. Ni le importaba. Quería hacer las cosas bien. De un tiempo a acá creía ser lo suficientemente transparente para el rey.

Cada día iba perdiendo poco a poco la esperanza, las fuerzas. Ya poco le animaba a seguir adelante. ¿Para qué emplear su tiempo en construir un reino que se vería devastado por el ciclón tarde o temprano? Lana ya estaba cansada. Ya no quería luchar más...



domingo, 22 de abril de 2012

Una vuelta a casa inesperada.


Meto las llaves con desgana en la cerradura y abro despacio la puerta de lo que es mi casa desde hace tres años. Me independicé y bueno, eso siempre tiene sus pros y sus contras. Recorro el pasillo entre tinieblas sin encender ninguna luz, ya me lo conozco como la palma de mi mano.

Llego exhausta después de una tediosa tarde en el trabajo. Pero todo ese cansancio se me olvida cuando entro a la habitación a oscuras, me quito mis zapatos con mucho mimo para no despertarle. Y ahí está él. De cabello anaranjado y unos ojos como platos, mirándome. En la inmensidad de la noche solo se ven sus ojos, iluminados por una vaga farola con luz tintineante.
Se acerca a mí muy despacio. En esos momentos pienso para qué tanta parafarnalia de entrar a oscuras y sin hacer ruido. Pero bueno eso a fin de cuentas no importa.

Es tan frágil y a la vez tan fuerte, que todavía no entiendo como dos cualidades tan opuestas pueden convivir en una misma personalidad. Será eso lo que me cautivó de él.

Me siento en la cama y espero a que sea él quien venga a saludarme. A fin de cuentas, todos los días lo hace, hoy no tendría porqué ser diferente. Se detiene a unos veinte centímetros de mi regazo y se queda a la espera de una caricia. -No entiendo como después de tanto puedes seguir siendo tan meloso-, le dije. Y le ofrecí una media sonrisilla.

Extendí la mano y fue él quien acercó su cabecita en busca de afecto. Este Bambú no cambiará nunca. Estos son los pequeños placeres de volver una noche a casa. El caluroso recibimiento de mi felino de seis meses.